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Lecturas Dominicales 

Leccionario Dominical

Segundo Domingo después de Epifanía

Año B • Epifanía 2

1 Samuel 3:1–10, (11–20)

Salmo 139:1–5, 12–17 loc

1 Corintios 6:12–20

San Juan 1:43–51

La Colecta

Dios todopoderoso, cuyo Hijo nuestro Salvador Jesucristo es la luz del mundo: Concede que tu pueblo, iluminado por tu Palabra y Sacramentos, brille con el resplandor de la gloria de Cristo, para que el sea conocido, adorado y obedecido hasta los confines de la tierra; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, ahora y por siempre.  Amén.

Primera Lectura

1 Samuel 3:1–10, (11–20)

Lectura del Primer Libro de Samuel

El joven Samuel seguía sirviendo al Señor bajo las órdenes de Elí. En aquella época era muy raro que el Señor comunicara a alguien un mensaje; no era frecuente que alguien tuviera una visión. Pero un día Elí, que había comenzado a quedarse ciego y no podía ver bien, estaba durmiendo en su habitación. Samuel estaba acostado en el templo del Señor, donde se encontraba el arca de Dios. La lámpara del santuario seguía encendida. Entonces el Señor lo llamó: —¡Samuel!

—¡Aquí estoy! —contestó él.

Luego corrió adonde estaba Elí, y le dijo: —Aquí me tiene usted; ¿para qué me quería?

—Yo no te he llamado —contestó Elí—. Vuelve a acostarte.

Entonces Samuel fue y se acostó. Pero el Señor llamó otra vez: —¡Samuel!

Y Samuel se levantó y fue junto a Elí, diciendo: —Aquí me tiene usted; ¿para qué me quería?

—Yo no te he llamado, hijo mío —respondió Elí—. Vuelve a acostarte.

Samuel no conocía al Señor todavía, pues él aún no le había manifestado nada. Pero por tercera vez llamó el Señor a Samuel, y éste se levantó y fue a decirle a Elí: —Aquí me tiene usted; ¿para qué me quería?

Elí, comprendiendo entonces que era el Señor quien llamaba al joven, dijo a éste: —Ve a acostarte; y si el Señor te llama, respóndele: “Habla, que tu siervo escucha.”

Entonces Samuel se fue y se acostó en su sitio. Después llegó el Señor, se detuvo y lo llamó igual que antes: —¡Samuel! ¡Samuel!

—Habla, que tu siervo escucha —contestó Samuel.

[Y el Señor le dijo: —Voy a hacer algo en Israel que hasta los oídos le dolerán a todo el que lo oiga. Ese día, sin falta, cumpliré a Elí todo lo que le he dicho respecto a su familia. Le he anunciado que voy a castigar a los suyos para siempre, por la maldad que él ya sabe; pues sus hijos me han maldecido y él no los ha reprendido. Por tanto, he jurado contra la familia de Elí que su maldad no se borrará jamás, ni con sacrificios ni con ofrendas.

Después de esto, Samuel se acostó hasta la mañana siguiente, y entonces abrió las puertas del templo del Señor. Samuel tenía miedo de contarle a Elí la visión que había tenido, pero Elí lo llamó y le dijo: —¡Samuel, hijo mío!

—Aquí estoy —respondió él.

Y Elí le preguntó: —¿Qué es lo que te ha dicho el Señor? Te ruego que no me ocultes nada. ¡Que Dios te castigue duramente si me ocultas algo de todo lo que él te ha dicho!

Samuel le declaró todo el asunto, sin ocultarle nada, y Elí exclamó:

—¡Él es el Señor! ¡Hágase lo que a él le parezca mejor!

Samuel creció, y el Señor lo ayudó y no dejó de cumplir ninguna de sus promesas. Y todo Israel, desde Dan hasta Beerseba, reconoció que Samuel era un verdadero profeta del Señor.]

Palabra del Señor.     Demos gracias a Dios.

Salmo 139:1–5, 12–17 loc

Domine, probasti

1   Oh Señor, tú me has probado y conocido; *

         conoces mi sentarme y mi levantarme;

         percibes de lejos mis pensamientos.

2   Observas mis viajes y mis lugares de reposo, *

         y todos mis caminos te son conocidos.

3   Aún no está la palabra en mis labios, *

         y he aquí, oh Señor, tú la conoces.

4   Me rodeas delante y detrás, *

         y sobre mí pones tu mano.

5   Tal conocimiento es demasiado maravilloso para mí; *

         sublime es, y no lo puedo alcanzar.

12  Porque tú creaste mis entrañas; *

         me tejiste en el vientre de mi madre.

13 Te daré gracias, porque maravillosamente he sido formado; *

         admirables son tus obras, y bien lo sé.

14 No fue encubierto de ti mi cuerpo,

      mientras que en oculto era formado, *

         y entretejido en lo más profundo de la tierra.

15 Tus ojos vieron mis miembros, aún incompletos en el vientre;

      todos estaban escritos en tu libro; *

         contados estaban mis días, antes que llegase el primero.

16 ¡Cuán profundos me son, oh Dios, tus pensamientos *

         ¡Cuán inmensa es la suma de ellos!

17 Si los contase, serían más que la arena; *

         para contarlos todos, tendría que ser eterno como tú.

La Epístola

1 Corintios 6:12–20

Lectura de la Primera Carta de San Pablo a los Corintios

Se dice: «Yo soy libre de hacer lo que quiera.» Es cierto, pero no todo conviene. Sí, yo soy libre de hacer lo que quiera, pero no debo dejar que nada me domine. También se dice: «La comida es para el estómago, y el estómago para la comida.» Es cierto, pero Dios va a terminar con las dos cosas. En cambio, el cuerpo no es para la prostitución sino para el Señor, y el Señor es para el cuerpo. Y así como Dios resucitó al Señor, también nos va a resucitar a nosotros por su poder.

¿Acaso no saben ustedes que su cuerpo es parte del cuerpo de Cristo? ¿Y habré de tomar yo esa parte del cuerpo de Cristo y hacerla parte del cuerpo de una prostituta? ¡Claro que no! ¿No saben ustedes que cuando un hombre se une con una prostituta, se hacen los dos un solo cuerpo? Pues la Escritura dice: «Los dos serán como una sola persona.» Pero cuando alguien se une al Señor, se hace espiritualmente uno con él.

Huyan, pues, de la prostitución. Cualquier otro pecado que una persona comete, no afecta a su cuerpo; pero el que se entrega a la prostitución, peca contra su propio cuerpo. ¿No saben ustedes que su cuerpo es templo del Espíritu Santo que Dios les ha dado, y que el Espíritu Santo vive en ustedes? Ustedes no son sus propios dueños, porque Dios los ha comprado. Por eso deben honrar a Dios en el cuerpo.

Palabra del Señor.

Demos gracias a Dios.

El Evangelio

San Juan 1:43–51

X

El Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan

¡Gloria a ti, Cristo Señor!

Al día siguiente, Jesús decidió ir a la región de Galilea. Encontró a Felipe, y le dijo: —Sígueme.

Este Felipe era del pueblo de Betsaida, de donde eran también Andrés y Pedro. Felipe fue a buscar a Natanael, y le dijo: —Hemos encontrado a aquel de quien escribió Moisés en los libros de la ley, y de quien también escribieron los profetas. Es Jesús, el hijo de José, el de Nazaret.

Dijo Natanael: —¿Acaso de Nazaret puede salir algo bueno?

Felipe le contestó: —Ven y compruébalo.

Cuando Jesús vio acercarse a Natanael, dijo: —Aquí viene un verdadero israelita, en quien no hay engaño.

Natanael le preguntó: —¿Cómo es que me conoces?

Jesús le respondió: —Te vi antes que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera.

Natanael le dijo: —Maestro, ¡tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel!

Jesús le contestó: —¿Me crees solamente porque te he dicho que te vi debajo de la higuera? Pues vas a ver cosas más grandes que éstas.

También dijo Jesús: —Les aseguro que ustedes verán el cielo abierto, y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre.

El Evangelio del Señor.

Te alabamos, Cristo Señor.

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