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Lecturas Dominicales 

Leccionario Dominical

Tiempo después de Pentecostés

Año A • Propio 20 • Semicontinuas

Éxodo 16:2–15

Salmo 105:1–6, 37–45

Filipenses 1:21–30

San Mateo 20:1–16

La Colecta

Concede, oh Señor, que no nos afanemos por las cosas terrenales, sino que amemos las celestiales, y aun ahora que estamos inmersos en cosas transitorias, haz que anhelemos lo que permanece para siempre; por Jesucristo nuestro Señor, que vive y reina contigo y el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.

Primera Lectura

Éxodo 16:2–15

Lectura del libro del Éxodo

Allí, en el desierto, toda la comunidad israelita comenzó a murmurar contra Moisés y Aarón. Y les decían: —¡Ojalá el Señor nos hubiera hecho morir en Egipto! Allá nos sentábamos junto a las ollas de carne y comíamos hasta llenarnos, pero ustedes nos han traído al desierto para matarnos de hambre a todos.

Entonces el Señor le dijo a Moisés: —Voy a hacer que les llueva comida del cielo. La gente deberá salir cada día, y recogerá sólo lo necesario para ese día. Quiero ver quién obedece mis instrucciones y quién no. El sexto día, cuando preparen lo que van a llevar a casa, deberán recoger el doble de lo que recogen cada día.

Moisés y Aarón dijeron entonces a los israelitas: —Por la tarde sabrán ustedes que el Señor fue quien los sacó de Egipto, y por la mañana verán la gloria del Señor; pues ha oído que ustedes murmuraron contra él. Porque, ¿quiénes somos nosotros para que ustedes nos critiquen?

Y Moisés añadió: —Por la tarde el Señor les va a dar carne para comer, y por la mañana les va a dar pan en abundancia, pues ha oído que ustedes murmuraron contra él. Porque, ¿quiénes somos nosotros? Ustedes no han murmurado contra nosotros, sino contra el Señor.

Luego Moisés le dijo a Aarón: —Di a todos los israelitas que se acerquen a la presencia del Señor, pues él ha escuchado sus murmuraciones.

En el momento en que Aarón estaba hablando con los israelitas, todos ellos miraron hacia el desierto, y la gloria del Señor se apareció en una nube. Y el Señor se dirigió a Moisés y le dijo: —He oído murmurar a los israelitas. Habla con ellos y diles: “Al atardecer, ustedes comerán carne, y por la mañana comerán pan hasta quedar satisfechos. Así sabrán que yo soy el Señor su Dios.”

Aquella misma tarde vinieron codornices, las cuales llenaron el campamento, y por la mañana había una capa de rocío alrededor del campamento. Después que el rocío se hubo evaporado, algo muy fino, parecido a la escarcha, quedó sobre la superficie del desierto. Como los israelitas no sabían lo que era, al verlo se decían unos a otros: «¿Y esto qué es?» Y Moisés les dijo: —Éste es el pan que el Señor les da como alimento.

Palabra del Señor.

Demos gracias a Dios.

Salmo 105:1–6, 37–45

ConīŦtemini Domino

1    Den gracias al Señor, invoquen su Nombre; *

            den a conocer sus hazañas entre los pueblos.

2    Cántenle, cántenle alabanzas; *

            hablen de todas sus obras maravillosas.

3    Gloríense en su santo Nombre; *

            alégrese el corazón de los que buscan al Señor.

4    Busquen al Señor y su poder; *

            busquen continuamente su rostro.

5    Acuérdense de las maravillas que él ha hecho, *

            de los prodigios y de los juicios de su boca,

6    Oh vástago de Abrahán, su siervo, *

            oh hijos de Jacob, su escogido.

37    Sacó a su pueblo con plata y oro; *

            entre sus tribus nadie tropezaba.

38    Egipto se alegró de su éxodo, *

            porque pavor cayó sobre ellos.

39    Puso el Señor una nube por cubierta, *

            y fuego para alumbrar la noche.

40    Pidieron, e hizo venir codornices; *

            los sació de pan del cielo.

41    Abrió la peña, y fluyeron aguas; *

            corrieron como un río por los sequedales.

42    Se acordó de su santo pacto, *

            y de Abrahán, su siervo.

43    Así sacó a su pueblo con gozo, *

            con júbilo a sus escogidos.

44    Les dio las tierras de las naciones, *

            y el fruto del trabajo de otros pueblos,

45    Para que guardasen sus estatutos *

            y cumpliesen sus leyes. ¡Aleluya!

La Epístola

Filipenses 1:21–30

Lectura de la carta de San Pablo a los Filipenses

Porque para mí, seguir viviendo es Cristo, y morir, una ganancia. Y si al seguir viviendo en este cuerpo, mi trabajo puede producir tanto fruto, entonces no sé qué escoger. Me es difícil decidirme por una de las dos cosas: por un lado, quisiera morir para ir a estar con Cristo, pues eso sería mucho mejor para mí; pero, por otro lado, a causa de ustedes es más necesario que siga viviendo. Y como estoy convencido de esto, sé que me quedaré todavía con ustedes, para ayudarlos a seguir adelante y a tener más gozo en su fe. Así me tendrán otra vez entre ustedes, y haré que aumente su orgullo en Cristo Jesús.

Solamente esto: procuren que su manera de vivir esté de acuerdo con el evangelio de Cristo. Así, lo mismo si voy a verlos que si no voy, quiero recibir noticias de que ustedes siguen firmes y muy unidos, luchando todos juntos por la fe del evangelio, sin dejarse asustar en nada por sus enemigos. Esto es una clara señal de que ellos van a la destrucción, y al mismo tiempo es señal de la salvación de ustedes. Y esto procede de Dios. Pues por causa de Cristo, ustedes no sólo tienen el privilegio de creer en él, sino también de sufrir por él. Ustedes y yo estamos en la misma lucha. Ya vieron antes cómo luché, y ahora tienen noticias de cómo sigo luchando. 

Palabra del Señor.

Demos gracias a Dios.

El Evangelio

San Mateo 20:1–16

X

El Santo Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo

¡Gloria a ti, Cristo Señor!

Jesús dijo: —Sucede con el reino de los cielos como con el dueño de una finca, que salió muy de mañana a contratar trabajadores para su viñedo. Se arregló con ellos para pagarles el salario de un día, y los mandó a trabajar a su viñedo. Volvió a salir como a las nueve de la mañana, y vio a otros que estaban en la plaza desocupados. Les dijo: “Vayan también ustedes a trabajar a mi viñedo, y les daré lo que sea justo.” Y ellos fueron. El dueño salió de nuevo a eso del mediodía, y otra vez a las tres de la tarde, e hizo lo mismo. Alrededor de las cinco de la tarde volvió a la plaza, y encontró en ella a otros que estaban desocupados. Les preguntó: “¿Por qué están ustedes aquí todo el día sin trabajar?” Le contestaron: “Porque nadie nos ha contratado.” Entonces les dijo: “Vayan también ustedes a trabajar a mi viñedo.”

»Cuando llegó la noche, el dueño dijo al encargado del trabajo: “Llama a los trabajadores, y págales comenzando por los últimos que entraron y terminando por los que entraron primero.” Se presentaron, pues, los que habían entrado a trabajar alrededor de las cinco de la tarde, y cada uno recibió el salario completo de un día. Después, cuando les tocó el turno a los que habían entrado primero, pensaron que iban a recibir más; pero cada uno de ellos recibió también el salario de un día. Al cobrarlo, comenzaron a murmurar contra el dueño, diciendo: “Éstos, que llegaron al final, trabajaron solamente una hora, y usted les ha pagado igual que a nosotros, que hemos aguantado el trabajo y el calor de todo el día.” Pero el dueño contestó a uno de ellos: “Amigo, no te estoy haciendo ninguna injusticia. ¿Acaso no te arreglaste conmigo por el salario de un día? Pues toma tu paga y vete. Si yo quiero darle a éste que entró a trabajar al final lo mismo que te doy a ti, es porque tengo el derecho de hacer lo que quiera con mi dinero. ¿O es que te da envidia que yo sea bondadoso?”

»De modo que los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos.

El Evangelio del Señor. 

Te alabamos, Cristo Señor.

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